#ColaboradoresSPQ “Apatía Democrática” por José Enrique Val

A lo largo de estos últimos meses muchos se han alzado la voz de alarma al ver cómo opciones y/o alternativas que en un principio parecían, literalmente, absurdas, han pasado a ser opciones reales para millones de personas. Son muchos más los que desde entonces han intentado encontrar una explicación.

De esas explicaciones surgen debates que parece que nunca, ni la disciplina de la Ciencia Política tampoco, dejaremos atrás. Esos debates giran en torno a democracia representativa y democracia directa, seguridad y libertad, o aquella entre el mercado y el Estado como mejor forma de regulación económica. A estas habría que añadir otras como globalización y nacionalismo, liberalización económica y proteccionismo o más y menos control transfronterizo. Pero… ¿se encuentra la democracia como sistema en esa situación?, ¿existe una sentimiento de rechazo, de apatía, hacia la democracia? A lo largo de una serie de artículos se intentará exponer el actual apoyo al sistema democrático, la pérdida de confianza en éste, las causas, consecuencias y algunas posibles soluciones que, en mi opinión, devuelvan la confianza de la ciudanía en sus líderes y en la democracia.

 

En lo que a valoración de la democracia se refiere, existe la llamada paradoja democrática (Dahl, 2000). Esta paradoja se basa en la distinta valoración que los ciudadanos dan entre la importancia de la democracia y su satisfacción. Por una parte, se le da una alta importancia al grupo de derechos y libertades que la democracia, por ser democracia, aporta al individuo y a su desarrollo personal. Sin embargo, por otro lado, la satisfacción producto de la interacción con las instituciones políticas que representan la democracia,  es decir, el cómo estamos de satisfechos, suele tener valoraciones negativas. Un valor señala la adhesión general a un sistema que aporta libertades y derechos individuales y colectivos. El otro, el nivel de satisfacción de las instituciones del sistema a la hora de interactuar con sus ciudadanos. Esta paradoja, debida a distintas razones que no se abordarán aquí, es la que siempre ha mantenido a la democracia como el mejor sistema posible y más legítimo. Hoy en día, y tras victorias electorales con un claro predominio de discurso autoritario, la paradoja democrática parece estar diluyéndose y empiezan a vislumbrarse indicios de una desafección por la democracia como sistema.

 

Para abordar este tema se parte de la afirmación siguiente: la adhesión general a un sistema democrático no se puede comprobar ante las específicas y diarias evaluaciones que hacemos de nuestros líderes políticos, políticas concretas o gobiernos. Estos tipos de valoraciones no son nada constantes y suben y bajan dependiendo del éxito del líder, partido político o administración de turno. De hecho, estos comportamientos son parte de la vida democrática, se considerarían buenas las críticas, el intercambio de ideas, el debate y en última instancia pueden llegar a demostrar cómo de informada, crítica y movilizada puede llegar a estar una sociedad. Lo que se evalúa a la hora de valorar la democracia son, por lo contrario, las actuaciones de las instituciones en sí y la satisfacción de la gente con ellas. Si echamos un ojo a las diferentes valoraciones ciudadanas sobre las principales instituciones democráticas, la afiliación y valoración de partidos políticos, la confianza puesta en estos últimos, y el apoyo de alternativas más autoritarias, la situación que queda es preocupante y queda de la siguiente forma:

 

En EEUU, a mediados de los años 50 casi tres cuartos de la población confiaba en que el gobierno haría lo que es correcto para la ciudadanía. En 1998 ese porcentaje bajó a casi un 39%. Ante la afirmación “The government is pretty much run by a few big interests looking out for themselves”, en 1964, sólo el 29% de la ciudadanía decía estar de acuerdo. En 1984 era de un 55% y en 1998, un 66%. En 1960, alrededor del 66% de la población estadounidense rechazaba la afirmación siguiente, “Most elected officials don’t care what people like me think”. En 1998 la situación era totalmente contraria: alrededor de dos tercios estaban de acuerdo con la afirmación. Por no hacer la exposición de datos muy larga, en Europa y en Japón encontramos la misma evolución, con ejemplos como el italiano, donde casi el 84% de la población en 1998 estaba de acuerdo con la afirmación “A los políticos no les importa lo que la gente piensa”. De hecho, hay una gran brecha generacional entre a los que se les denomina “millennials” (aquellos nacidos después de 1984) y los ciudadanos de mitad del siglo pasado con lo que respecta a la democracia como sistema. Las diferencias son: un mayor escepticismo, cinismo y menos esperanzas sobre la posibilidad de influir en las políticas públicas. Las encuestas así lo demuestran. Mientras que la generación de nuestros padres valoraban el hecho de vivir en democracia, la indiferencia entre las nuevas generaciones es bastante alta. Sólo el 30%, en EEUU, está de acuerdo con la afirmación “Es esencial vivir en un país con un sistema democrático”. En Europa es de un 42%. A la afirmación “tener como sistema democrático una democracia”, en 2011, un 24% de millennials en Estados Unidos, y un 13% en Europa lo tildaban de mala o muy mala idea. Tan sólo diez años antes eran un 16% y 6% respectivamente.

 

Por otra parte, la distancia y vacío entre la sociedad civil, los ciudadanos y los actores principales que articulan las ideas y las inquietudes ciudadanas, los partidos políticos, aumenta cada vez más. Cada vez es más obvio que los partidos no son capaces de conectar con los ciudadanos y que estos son cada vez más reacios a comprometerse con ellos. Las tendencias en las democracias occidentales son claras. Hay una tendencia clara hacia una menor participación en las elecciones, una baja adhesión partidista o militancia y una volatilidad muy alta a la hora de votar. Aunque por lo general, el porcentaje de las elecciones no ha bajado del 70% en Europa, la frecuencia de records mínimos de participación se concentra a finales de la década de los 90 donde se concentran casi el 75% de los casos de mínimas participaciones. La militancia partidista también está en sus peores números, y no sólo en España. Aunque los datos nunca han mostrado una adherencia muy alta con los partidos políticos, en Europa, en 1980, el porcentaje medio de electores que eran miembros de partidos se situaba en el 9,8%. En 1990 ese porcentaje bajó al 5,7%. Más aún, de entre los porcentajes más altos en algunos países Europeos, a los que se llegaba al 15% en la década de los ochenta, llegaron a alcanzar alrededor del 5% en la década de los 90.  La perdida de legitimidad de los principales actores, vertebradores del sistema parlamentario y democrático, mediante la fuga y vacío de ciudadanos es alarmante. El interés por la política ha disminuido de igual manera y tendencias tanto en Estados Unidos como en Europa son inquietantes. Mientras que en la década de 1990, en EEUU y en Europa, un 53% y 48% respectivamente, de los menores de 35 años se sentía interesado o muy interesado por la política, en 2010 bajó a un 41% y un 38%, respectivamente. Mientras, las generaciones de más de 40 años seguían manteniendo los mismos niveles de interés en lo público, lo que demuestra una clara brecha generacional en cuanto a interés por la política que se puede traducir en una menor interacción con los principales actores políticos hasta ahora, como podrían ser movimientos sociales, sindicatos y partidos políticos, entre otros.

 

A este distanciamiento se podría añadir el declive de la valoración de las instituciones políticas de la democracia, entre ellas, la más representativa, el parlamento. En países como Gran Bretaña, Canadá, Alemania, Suecia y los Estados Unidos, la confianza en el parlamento ha ido bajando de forma pronunciada  y significativa desde mediados de siglo XX. De hecho, el declive de confianza va más allá de esta institución. Distintas series de World Values Surveys han demostrado una caída significativa en la confianza de servicios públicos cómo las fuerzas armadas, la política y la justicia. En sólo la última década han bajado cerca de un 10% y, aunque la tendencia no es generalizada, sólo en Suecia e Islandia la confianza se ha mantenido.

 

La democracia había gozado de una alta aceptabilidad por, entre otras razones, el hecho de no tener ningún sistema alternativo rival. Sin embargo, esa tendencia parece estar cambiando. Formas más autoritarias donde, por ejemplo, el presidente no tenga que rendir cuentas a ningún parlamento o la irrupción en la vida pública de las fuerzas armadas y del orden, están ganando adeptos, especialmente entre los jóvenes. Un importante indicador de la apatía democrática es el considerable aumento del apoyo de opciones autoritarias. Preferencias como que un líder que no tenga que molestarse por rendir cuentas al parlamento o ser elegido mediante elecciones, tecnócratas en vez de políticos electos, intervenciones del ejercito en caso de que el gobierno de turno falle o sea incompetente y la menor importancia de elegir a nuestros representantes mediante elecciones libres están ganando cada vez más adeptos, con porcentajes de hasta un 26% de millennials de acuerdo con estas afirmaciones. De hecho, las cohortes que más muestran un especial interés en opciones autoritarias son jóvenes pertenecientes a clases altas y adineradas. Son estas las que, sin duda alguna y por motivos más que obvios, preferirían democracias más débiles.

 

El análisis de la situación de la idea de democracia como sistema y de su situación parece indicar una tendencia clara. La sociedad parece mostrar un paulatino distanciamiento con las ideas liberales de democracia. Sin embargo, las nuevas generaciones son las que muestran un mayor nivel de apatía. Estas tendencias ya han demostrado poder elegir gobiernos con discursos abiertamente contrarios a las distintas instituciones que caracterizan la democracia liberal. Que un ciudadano valore negativamente las principales instituciones democráticas: el parlamento, la justicia, las elecciones periódicas o sus representantes y que su adhesión a la política y a los partidos políticos sea baja pueden llegar a constituir síntomas de una desafección por la democracia en sí, por lo que se podría llegar a apostar por otras opciones que tengan menos en cuenta los valores liberales democráticos tradicionales de separación de poderes y accountability. Estas opciones han ido, no sólo ganando adeptos, sino también, elecciones. El cómo evolucionará y cómo afectará a la salud democrática está por ver. Por ahora, hemos visto el estado y evolución de la democracia estos últimos años. El por qué de esta situación es algo que se vislumbra más complicado de interpretar.

Bibliografía consultada

 

  • Dahl, R. A. (1999). “¿Que es la democracia?”, La democracia: Una guía para ciudadanos, Madrid: Taurus.
  • Mair, Peter (2007). “¿Gobernar el vacío? El proceso de vaciado de las democracias occidentales” New Left Review, 42, p. 22-46.
  • Dahl, R. A. (2000). A Democratic Paradox? Political Science Quarterly, 115(1), p. 35-40 .
  • Dahl, Robert Alan (1993) La democracia y sus críticos. Paidós.
  • Stefan Moa, R. & Mounk, Y. (2016) “The Democratic Discontent”, Journal of Democracy, vol. 27, 3 pp 5-17.
  • Pharr, S., Putnam, R. & Dalton, R. (2000) “A Quarter-Century of Declining Confidence”, Journal of Democracy, 11, n. 2, pp. 5-25.

 

fichaval


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