#ColaboradoresSPQ “La división de poderes en la República romana” por Juan Carlos Calomarde

La República romana fue un régimen político con un planteamiento sumamente original. Un régimen que, a pesar de todas sus intrigas políticas, alcanzó casi los 500 años. Probablemente, una de las razones por las que duró tanto tiempo es porque se trataba de un sistema cuidadosamente equilibrado. Al respecto, el historiador griego Polibio dijo de Roma que tenía un gobierno mixto, fruto de un proceso que dio a llamar anaciclosis. Se conoce como tal, a la sucesión de una serie de sistemas políticos debido a su irremediable tendencia hacia la degeneración. En consecuencia, Roma conoció una monarquía que degeneró en tiranía, también una aristocracia que terminó siendo oligárquica, hasta que finalmente alcanzó un sistema más cercano a la democracia.

De esta manera, la República romana pudo albergar rasgos de esos tres sistemas políticos, dotándola así, según Polibio, de una cierta superioridad. ¿Por qué? Porque los elementos principales de la república, que encarnan cada uno de los tres sistemas, deben cooperar para que ésta funcione. Por ejemplo, para una guerra, el cónsul –monarquía– necesitará, tanto una resolución del senado –aristocracia– para el envío de legiones, como el visto bueno del pueblo (en comicios) –democracia–, ya que es quien anula o ratifica los armisticios y tratados. Además, el Senado también dependerá del pueblo, porque es éste quien, tras la deliberación del Senado, debe aprobar aquellos procedimientos en los que exista delitos contra el Estado que estén castigados con la pena de muerte. Asimismo, el pueblo necesitará al Senado en tanto en cuanto esta cámara es fundamental para llevar a cabo las obras públicas que primeramente son ejecutadas mediante la gestión del pueblo.[1]

¿Qué significa lo descrito hasta el momento? Sencillamente, que estamos ante un precursor del sistema de frenos y contrapesos. El actual, procedente de Locke y Montesquieu, plantea una división entre ejecutivo, legislativo y judicial. Pero su equivalente antiguo no distinguía entre poderes, sino que obligaba a una cooperación interorgánica. De esta manera, para llevar determinadas competencias a cabo podía ser necesario que colaborasen dos o más órganos, evitando así que alguno actúe de forma despótica. Mientras tanto, en la actualidad existe más bien una división competencial según la cual cada órgano tiene establecidas unas directrices, y la clave para evitar el despotismo es precisamente lo contrario: que ninguno de ellos se inmiscuya en las competencias de los demás.

En conclusión, mientras en la República romana el consenso entre los diferentes órganos del sistema podía evitar el despotismo; hoy en día se apela a una supuesta independencia que busca que nadie ejerza competencias que no le corresponden. ¿Qué sistema puede ser más efectivo? El moderno exige que los miembros de los distintos órganos sean elegidos escrupulosamente en procesos distintos, lo que no sucede con asiduidad. Por esa razón, asistimos a situaciones en las que los legislativos designan gobiernos, a la vez que se reservan su cuota de poder en los máximos órganos judiciales del país. En cambio, en la República romana eso no ocurría, dado que el poder se encontraba más repartido. Evidentemente, dicho sistema no estaba exento de fallos, pero aquella antigua división de poderes es una interesante herramienta de la cual se pueden extraer valiosas enseñanzas.

[1] Polibio. Historia de Roma. Madrid: Alianza, 2008, pp. 591-593.

 


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